Reggeatón y Resistencia [SERIE: Del Machete al Micrófono Parte 2]

Libreto

En la primera parte vimos cómo el jíbaro pasó a ser un símbolo nacional de Puerto Rico.

Con Operación Manos a la Obra, la colonia dejó su economía agraria por una industrial dependiente del capital estadounidense. La industrialización trajo cambios urbanos: la CRUV reemplazó arrabales con residenciales públicos, símbolo de modernización y orden.

En 1976, con la aprobación de las 936, llegaron farmacéuticas y multinacionales, reforzando la dependencia económica y la ilusión de progreso. Pero en los 80 crecían el desempleo, la migración y la dependencia de fondos federales en el gobierno y las familias.

En los 90 el modelo colapsó: derogaron la CRUV y las 936, y avanzaron las políticas neoliberales como la privatización de agencias públicas. El ELA que quiso vender la idea de una gran familia, en los 90 y principios del 2000 terminó gritando: “no hay cama pa’ tanta gente”, mientras recortaba los servicios públicos del gobierno. El Estado abandonó los caseríos, la precariedad aumentó y la economía subterránea se volvió un eje clave de supervivencia. Mientras tanto, en los residenciales nació el underground: música que contaba, sin filtro y sin pelos en la lengua, el joseo diario, la pobreza, las drogas y la violencia.

Su origen vino de la mezcla del hip-hop y la estética afroamericana traída por migrantes nuyoricans, junto con los ritmos jamaiquinos y el reggae panameño.

Así creció el reggaetón: un movimiento generacional que unió comunidades afro diaspóricas y ofreció a la juventud marginada una forma de definirse. El reggaetón canalizó el orgullo barrial, el goce corporal y la estética del caco y la yal: figuras que contaban realidades de precariedad, autogestión y clandestinaje. En medio de un récord de asesinatos, Pedro Rosselló ganó en 1992 prometiendo “Mano Dura Contra el Crimen”: más penas, menos rehabilitación y operativos policiales agresivos. Nada que atendiera la desigualdad que sostenía la criminalidad. Mano Dura también atacó la música: en 1995, el reggaetón fue criminalizado como “parafernalia del narcotráfico”. Redadas, confiscaciones y revisiones en escuelas intentaron erradicarlo. Se marcó al caco y la yal como delincuentes, reforzando su marginación. Mientras se imponía mano dura en los caseríos, en el gobierno reinaba la mano libre para la corrupción, con más de 40 casos en agencias públicas. Por años, sectores conservadores culpan al reggaetón de los males del país, ignorando que narraba la vida de un gran sector. Frente al mestizaje blanqueador del proyecto muñocista, el reggaetón afirmó una negritud contemporánea, caribeña y transnacional. ¿Pero cómo pasó el reggaetón de ser perseguido a dominar la cultura popular? ¿Y qué lugar ocupan hoy el caco y la yal en nuestro imaginario colectivo? Te lo contamos en la próxima parte.